La informalidad está rallando límites insospechados, en un grado nunca visto antes. Para afirmar esto no me baso en ningún estudio científico, sino en una percepción generalizada que he estado escuchando y observando a mi alrededor, especialmente desde que estalló la pandemia. Posiblemente la pandemia nos ha dejado muy defraudados, no nos esperábamos nunca algo así, y, como consecuencia, se ha perdido la fe en muchas cosas y ha aumentado la indiferencia.
Denoto una falta de compromiso elevada en muchos ámbitos y en todas las edades, aunque especialmente en los más jóvenes. El valor de mantener la palabra ha perdido el más mínimo sentido y, en contrapartida, las exigencias de tener derecho a todo a cambio de nada parecen ser lo más normal.
En el ámbito profesional, las personas que nos dedicamos a Recursos Humanos vemos candidatos que no se presentan a las entrevistas, que mandan su CV pero luego nunca contestan, personas que el día antes, tras haber preparado su incorporación, con cualquier excusa y por mail, dicen que no se incorporan, hasta personas que llegan tarde a su primer día de trabajo sin ni siquiera esgrimir una disculpa. En el ámbito personal, el compromiso también brilla por su ausencia: cenas de grupos canceladas porque a última hora a más del 70% de los comensales les ha pasado algo que les ha impedido ir, nada grave por suerte, simplemente ya no apetecía y el tiempo del organizador y del restaurante no importan lo más mínimo. Y parejas que se rompen a la menor oportunidad porque, de hecho, nada es suficiente y comprometerse cansa y mucho. Ahora bien, todos ellos, los anteriores, los que cancelan sus compromisos de esta forma, se creen con derecho a obtener el mejor proyecto profesional, la atención máxima de sus amigos y una pareja que les aguante todas las manías.
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