La Paz y el desafío de reinventarse

Experto Invitado: Ronald Nostas – Industrial y expresidente de la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia.

Hay ciudades que cargan con el peso de su historia. La Paz es una de ellas. Fundada en 1548 como ciudad de paso, creció hasta convertirse en el centro de la vida política boliviana, la sede real del poder, y el corazón desde donde se tomaron las decisiones que dieron forma a nuestra modernidad republicana.

​Cada 16 de julio, cuando el departamento conmemora el Grito Lertario de 1809, La Paz se mira a sí misma con la satisfacción legítima de haber estado en el origen de algo grande. Esta vez, más que nunca, enfrenta un desafío que ninguna efeméride resuelve: encontrar su lugar en la Bolivia que viene.

La paradoja del poder

​Durante más de un siglo, La Paz organizó su identidad en torno a su situación de sede del gobierno. Eso le otorgó influencia, recursos, infraestructura y centralidad. Pero también le impuso una trampa que con el tiempo se volvió estructural: al concentrar sus energías institucionales en la política nacional, el departamento descuidó su propio desarrollo económico y la articulación interna de sus regiones.

​La paradoja es hoy visible y dolorosa. Un departamento con ecorregiones de extraordinaria riqueza (el altiplano, la cuenca del Lago Titicaca, la Amazonía del norte y los Yungas) sigue siendo, en gran medida, un territorio de regiones desconectadas entre sí y subordinadas a la lógica centralista de la ciudad capital.

​Y luego está la paradoja mayor –la que más incomoda– porque revela una fractura profunda: las mismas poblaciones indígenas y campesinas que La Paz reivindicó históricamente como parte de su identidad pluricultural utilizan hoy los bloqueos y los cercos a la ciudad capital como su principal instrumento de presión política.

​El departamento que fue cuna del movimiento katarista, que vio nacer el sindicalismo campesino, que celebra a Túpac Katari como uno de sus héroes fundacionales, convive con la realidad de que esas mismas comunidades sienten que la única manera de ser escuchadas es cortando el oxígeno, el combustible y los alimentos a la ciudad que las representa. No hay imagen más elocuente del fracaso de la articulación territorial que esa: un departamento que se bloquea a sí mismo.

Lo que La Paz construyó

Sería injusto y deshonesto reducir la historia del departamento a sus contradicciones. La Paz tiene logros que ninguna crisis coyuntural puede borrar. Su vocación integradora es, quizás, el rasgo más consistente de su carácter. Fue La Paz, con su mezcla de aymaras, mestizos y migrantes, la que desarrolló una cultura del comercio y del intercambio que sentó las bases del mercado interno boliviano.

​Sus industriales tuvieron históricamente una visión que excedía el corto plazo. Fueron paceños los primeros que impulsaron la industria manufacturera cuando todavía era una apuesta de riesgo; quienes construyeron el sistema financiero nacional, quienes dieron forma al mercado de valores; quienes apostaron por el comercio formal cuando la economía informal era la norma.

​Las cámaras nacionales de Industria y Comercio, la Bolsa Boliviana de Valores, la Asociación de Bancos, la Asociación de Aseguradores, la Confederación de Empresarios Privados y tantas otras instituciones nacidas en La Paz, son testimonio de esa visión empresarial que supo ver más allá del rentismo político.

​En el plano intelectual, La Paz es una de las ciudades más importantes de Bolivia. Su producción literaria, ensayística, historiográfica y científica es intensa y representativa: desde la generación del Chaco, el costumbrismo y el indigenismo hasta los escritores contemporáneos que han proyectado la narrativa boliviana al mundo; desde los historiadores que construyeron el relato de la nación hasta los científicos. La Paz piensa Bolivia de una manera que pocas ciudades han logrado replicar.

​En el plano político, La Paz no solo fue sede del poder. En sus calles se produjo la Revolución de 1952. En sus círculos de debate nacieron los más grandes partidos políticos que moldearon el destino del país en el siglo XX. 23 de los casi 90 presidentes de nuestro país nacieron en La Paz, algunos tan relevantes como Andrés de Santa Cruz, José Ballivián, José Manuel Pando, Ismael Montes o Gonzalo Sánchez de Lozada.

​Y luego está El Alto. La ciudad que creció al margen de todos los planes y que terminó siendo la demostración más contundente del emprendedurismo boliviano. El Alto no fue diseñada por ningún planificador; fue construida, ladrillo a ladrillo, por migrantes del campo que llegaron con poco y decidieron crear con sus manos lo que el Estado no les daba.

​Hoy es la segunda ciudad del país. Un laboratorio vivo de economía creativa, de microempresa, de innovación popular. Sus ferias tecnológicas, su industria manufacturera, su riqueza artesanal, el vigor del microcrédito, su arquitectura neoandina son manifestaciones de una capacidad de creación que no necesitó de políticas públicas para florecer.

El desafío del nuevo siglo

​Todo su capital histórico, cultural, empresarial y humano no alcanza si La Paz no afronta los desafíos que la nueva Bolivia le plantea:

La descentralización real: La Paz sigue pensándose como departamento-capital en lugar de como departamento-región. La Gobernación necesita asumir un liderazgo activo en el desarrollo económico territorial y construir una visión de largo plazo que integre sus regiones productivas. Eso requiere infraestructura vial intrarregional, cadenas productivas que articulen a los productores campesinos con los mercados urbanos y de exportación. Vincular la minería y la industria manufacturera con políticas de ciencia, tecnología e innovación.

La economía del conocimiento: la concentración de universidades, institutos de investigación, hospitales especializados y capital humano calificado es una ventaja comparativa que el departamento no ha sabido convertir en motor de desarrollo. Una estrategia de economía del conocimiento articulada al sector productivo, que desarrolle parques tecnológicos, que atraiga inversión en sectores de alto valor agregado podría transformar ese capital humano en riqueza real para el departamento.

El turismo de alto valor: El departamento tiene un inventario turístico que rivaliza con los mejores destinos de la región. Pero recibe una fracción minúscula de los turistas, no porque tenga menos que ofrecer sino porque no ha desarrollado la infraestructura, la conectividad aérea, la oferta hotelera de calidad ni la capacidad de gestión turística que esos mercados requieren.

El diálogo territorial: La Paz necesita construir un nuevo contrato social entre su capital y sus regiones. Ese contrato no puede construirse desde arriba ni puede reducirse a la transferencia de recursos. 

Requiere espacios permanentes de diálogo político, mecanismos de participación de las comunidades en las decisiones sobre su propio territorio y una apuesta real por el desarrollo rural que dé a las comunidades campesinas e indígenas razones para apostar por el trabajo antes que por el bloqueo.

​Celebrar el 16 de julio debería ser el inicio de una conversación franca entre las instituciones del departamento sobre qué rol quiere tener en la Bolivia de los próximos 50. No la ciudad que administra el poder central sino el departamento que desarrolla su propia riqueza, que integra sus regiones, que potencia su industria y su cultura.

​Ese es el sitial nuevo que La Paz necesita encontrar en la nueva Bolivia. No el de la ciudad que tiene el poder, sino el de la región que sabe qué hacer con él.

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