La migración ha sido una constante en la historia de América Latina, y en las últimas décadas ha cobrado relevancia tanto a nivel social como económico. La región se ha convertido en un importante punto de origen, tránsito y destino para migrantes, lo que ha generado un sinfín de efectos en las economías nacionales. En este contexto, comprender el impacto de la migración en la economía latinoamericana resulta esencial para entender las dinámicas de desarrollo, desigualdad y competitividad que atraviesan estos países.
Uno de los principales efectos de la migración en América Latina es el flujo de remesas, que ha constituido una de las principales fuentes de ingresos para varios países de la región. Según datos del Banco Mundial, en 2020 América Latina y el Caribe recibieron un total de 96,8 mil millones de dólares en remesas, lo que representó el 1,6% del Producto Interno Bruto (PIB) regional. Estos flujos financieros tienen un impacto directo en las economías de los países receptores, especialmente en naciones como México, Guatemala, Honduras, El Salvador y República Dominicana.
Las remesas no solo alivian la pobreza de las familias receptoras, sino que también impulsan el consumo interno, lo que a su vez favorece a las pequeñas y medianas empresas (PyMEs), esenciales para el crecimiento económico en muchas economías latinoamericanas. A pesar de los efectos positivos, las remesas también reflejan una realidad compleja: una dependencia de los ingresos que provienen principalmente de la migración. Esto genera una vulnerabilidad económica para los países en caso de que los flujos migratorios se vean interrumpidos por políticas migratorias restrictivas o crisis económicas en los países receptores.
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