Las imágenes estremecen, pero también plantean preguntas incómodas.
En la guerra entre Ucrania y Rusia, ciudades enteras han sido reducidas a escombros. En la Franja de Gaza, edificios residenciales, hospitales y comercios desaparecen en cuestión de segundos, sumándose ahora este conflicto bélico y peligroso; protagonizado por Estados Unidos, Israel e Irán. Lo mismo ocurre y ha ocurrido en múltiples rincones del mundo donde el conflicto armado se impone sobre la vida cotidiana.
Vemos la destrucción. Nos duele. Nos impacta.
Pero rara vez nos detenemos a pensar en algo más frío, más estructural, pero igual de importante: ¿Quién paga todo eso?
En tiempos normales, la respuesta parecería sencilla. Para eso existe el seguro. Para eso las personas y las empresas pagan primas durante años: para proteger sus bienes ante eventos inesperados.
Sin embargo, la guerra no es un evento normal. Y el seguro, en ese contexto, deja de funcionar como creemos.
Existe una realidad poco divulgada fuera del sector: las pólizas tradicionales excluyen los daños provocados por actos de guerras. Esta exclusión no es un detalle menor ni una cláusula escondida; es una de las bases técnicas sobre las cuales se construye la industria aseguradora moderna.
La razón es tan simple como contundente: el seguro no está diseñado para cubrir catástrofes simultáneas y generalizadas de esa magnitud.
Un incendio afecta una propiedad. Un accidente impacta a unos pocos. Un huracán, aunque devastador, tiene límites geográficos y probabilísticos.
Pero una guerra lo arrasa todo, al mismo tiempo.
No hay prima suficiente, ni reserva técnica capaz de sostener la indemnización masiva que implicaría cubrir miles de millones o billones en pérdidas concentradas en cuestión de días o semanas. El principio de mutualidad, base del seguro, colapsa ante la magnitud del evento.
Por eso, cuando una bomba destruye un edificio asegurado, la realidad es cruda: la póliza no responderá.
Esto no significa que el riesgo de guerra sea completamente inasegurable. Existen coberturas especializadas, como los seguros de riesgo político o de guerra, utilizadas por grandes corporaciones, inversionistas internacionales o proyectos estratégicos en zonas de alto riesgo. Pero son excepcionales, costosas y altamente técnicas.
Entre los ejemplos más relevantes se encuentran los seguros de riesgo político para inversiones internacionales, que cubren eventos como expropiación, nacionalización, inconvertibilidad de moneda o incumplimiento de contratos por parte de un Estado.
También existen coberturas de violencia política, que incluyen actos como terrorismo, sabotaje, insurrección, huelgas y disturbios civiles, y que en algunos casos pueden extenderse a escenarios cercanos al conflicto armado.
En el ámbito del comercio global, destacan los seguros de guerra en los sectores marítimo y aéreo, ampliamente utilizados para proteger buques, carga y aeronaves que operan en zonas de conflicto o rutas consideradas de alto riesgo.
Asimismo, grandes proyectos energéticos y de infraestructura en países inestables suelen contar con programas de seguros diseñados a medida, que contemplan desde daños físicos hasta interrupción de negocios por eventos políticos.
Incluso instituciones multilaterales participan en este tipo de esquemas, ofreciendo garantías que permiten compartir el riesgo y fomentar la inversión en regiones complejas.
Aun así, estas soluciones están lejos del alcance del ciudadano común.
Para la mayoría de las personas, la conclusión es otra: en caso de guerra, está solo.
Y aquí es donde la conversación se vuelve aún más profunda.
Si no es el seguro, entonces ¿quién asume el costo?
La respuesta es compleja, pero generalmente apunta hacia los Estados, los organismos internacionales y la cooperación global. La reconstrucción de países devastados no ocurre a través de indemnizaciones, sino mediante deuda, ayuda internacional y, muchas veces, sacrificios económicos que se extienden por generaciones.
Es decir, el costo no desaparece. Simplemente cambia de manos.
Antes los verdaderos soldados o guerreros elegían un campo de batalla donde solo vivían o morían ellos, sin afectar a civiles, incluyendo a los niños. Hoy, esa línea parece haberse borrado. No hay pudor ni conciencia al involucrar a personas inocentes, incluyendo niños y personas con discapacidad. Como si la crueldad fuera lo que estamos cosechando.
Lo que hoy vemos en Ucrania, en la Franja de Gaza, en Israel y en Irán; no solo es una tragedia humana y material. Es también la evidencia de los límites del sistema financiero global para responder ante ciertos riesgos extremos.
El seguro, que en nuestra vida diaria representa estabilidad, previsión y protección, tiene fronteras muy claras. Y la guerra marca una de las más contundentes.
Y tal vez ahí, en ese límite, es donde el ser humano está llamado a reflexionar.
Porque no tiene sentido construir durante décadas lo que puede ser destruido en minutos. No tiene lógica levantar ciudades, familias y sueños, si al mismo tiempo cultivamos el odio que puede borrarlo todo.
El hombre ha aprendido a asegurar bienes, pero no ha aprendido a asegurar el corazón.
Y cuando el hombre solo se escucha a sí mismo, termina dejando de escuchar a Dios.
La paz no es solo un ideal moral o religioso. Es, en el fondo, la única garantía real de sostenibilidad para la vida, la economía y la dignidad humana.
Porque donde no hay paz, no hay seguro que alcance. Y donde Dios no es escuchado, el hombre siempre termina perdiéndolo todo.
Por Félix Correa











