Nueva York, 22 mar (EFE).- Margarita es una superviviente, pobre e indocumentada que vive desde hace 14 años en Nueva York. La pandemia hizo tambalear su vida y la de su hija, justo en el momento en el que creía que empezaba a superar las secuelas que la violencia machista había marcado a fuego en lo más profundo de su ser.
“Estoy mejor sin él, al principio me fue muy difícil porque él tenía el control de mi vida, de mi pensamiento, de mí. Era tanta su fuerza o su poder que tenía sobre mí, que me dejó marcada y yo llegué a creer que lo que él me decía era verdad, que yo sin él no avanzaría”, dice a Efe Margarita, cuyo nombre es ficticio, en una conversación telefónica plagada de silencios y sollozos.
De origen mexicano, vive en el barrio de Queens gracias a la pensión de incapacidad que recibe desde que sufrió un accidente laboral que le ha dejado graves secuelas, la tarjeta de racionamiento (cupones de comida) de su hija, que sí tiene la nacionalidad estadounidense, y la ayuda de tíos y hermanas que le regalan de vez en cuando productos de higiene.
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