Liderazgo Cultural: la ventaja competitiva que Bolivia necesita construir

Experta invitada: Jimena Sainz – Socia y Directora Ejecutiva Buenas Prácticas SRL, Forum Leader La Paz-Bolivia at Renaissance Executive Forums (REF), Master Certified Coach (MCC) ICF credential at International Coaching Federation, Mentor Coach at ICF.

Durante muchos años les hicimos la misma pregunta a las empresas bolivianas: ¿Qué necesitan para crecer? Las respuestas casi siempre apuntaban hacia afuera. Mayor estabilidad económica. Acceso al crédito. Reglas claras. Seguridad jurídica. Un tipo de cambio predecible. Menor presión tributaria. Mercados más dinámicos.

Todas esas condiciones siguen siendo importantes, sería irresponsable desconocer la realidad que enfrenta el país. Sin embargo, después de más de 25 años acompañando procesos de transformación en organizaciones de distintos sectores, cada vez estoy más convencida que el principal desafío empresarial ya no está únicamente en el contexto. Está en la capacidad que tiene cada organización para evolucionar antes de que el entorno la obligue a hacerlo. Y esa diferencia cambia por completo la conversación.

Con frecuencia escuchamos que vivimos una época de cambios. Personalmente creo que esa expresión ya no alcanza para describir lo que ocurre. Los cambios siempre existieron, lo que cambió fue la velocidad con la que dejan de ser útiles nuestras certezas.

En tanto seguimos concentrados en la inflación, el acceso a divisas, los combustibles o la incertidumbre política, dentro de las organizaciones ocurre un fenómeno mucho más silencioso: continúan tomándose decisiones con modelos menta les diseñados para un país que ya no existe. Persis ten estilos de liderazgo que fueron exitosos en otro momento, pero que hoy dificultan la innovación, ralentizan la incorporación de nuevos aprendizajes y limitan la capacidad de adaptación.

Entendamos que adaptarse no es lo mismo que evolucionar. La adaptación permite responder a una circunstancia. La evolución transforma la manera de comprender esa circunstancia. Cuando cambia la forma en que observamos la realidad, cambian nuestras decisiones, nuestras conversaciones y, finalmente, cambia la organización.

Sin embargo, esa transformación no ocurre por decreto, ni aparece con una nueva estructura organizacional, un software más sofisticado o un plan estratégico mejor diseñado. La evolución comienza cuando cambia la cultura, y la cultura cambia cuando cambia el liderazgo.

Durante mucho tiempo entendimos el liderazgo como la capacidad de dirigir personas. Hoy ese concepto resulta exiguo. Los desafíos actuales exigen líderes capaces de transformar la manera en que las organizaciones piensan, reflexionan, asimilan, colaboran, deciden y construyen sentido compartido.

A ese enfoque se lo denomina Liderazgo Cultural.

La cultura de una organización es su forma de entender el mundo y hacer las cosas. Pero cuando hablamos de liderazgo cultural, hay que entender que el propio concepto va asociado a la noción de cambio. Si aceptamos, como sostienen Trice y Beyer (1993), que el liderazgo cultural pue de crear, transformar, personificar o integrar culturas, hoy Bolivia necesita comenzar por el liderazgo que cambia culturas. No porque debamos renunciar a nuestra identidad organizacional, sino porque toda evolución exige cuestionar aquello que alguna vez nos hizo exitosos para construir nuevos caminos que sumen para multiplicar y generar valor.

No se trata de una moda ni de una nueva etiqueta para describir el liderazgo tradicional. Es la capacidad de crear las condiciones para que una organización evolucione de manera sostenible. Es construir culturas donde las conversaciones generan nuevas nociones, el feedback impulsa el progreso, la sabiduría colectiva reemplaza la lógica del líder que posee todas las respuestas y la colaboración deja de ser un discurso para convertirse en una forma cotidiana de trabajar y transitar un destino.

Las organizaciones del futuro no serán las que acumulen más información, esa información hoy está disponible para casi todos. Tampoco necesariamente serán las primeras en incorporar inteligencia artificial. La tecnología seguirá reduciendo esas diferencias. La verdadera ventaja competitiva estará en otro lugar: en la capacidad de aprender con mayor agilidad que el entorno muta, que no permanece.

Aprender ágilmente implica escuchar mejor, plantear preguntas sólidas para cuestionar nuestras propias certezas, integrar distintas perspectivas antes de decidir y construir organizaciones donde el conocimiento se gestione y fusione. Significa comprender que las mejores soluciones rara vez nacen de una sola persona, nacen de con versaciones de calidad que promueven nuevas realidades, un nuevo “cómo” para sortear posibilidades.

Por esta razón, creo que el liderazgo del futuro será, ante todo, un liderazgo profundamente humano. Un liderazgo capaz de generar confianza antes que control; colaboración antes que competencia interna; responsabilidad compartida antes que dependencia; aprendizaje continuo antes que complacencia. Un liderazgo que entiende que la productividad sostenible es consecuencia de una cultura saludable y no únicamente de mejores indicadores.

En Bolivia solemos hablar de transformación digital, innovación o inteligencia artificial, son conversaciones necesarias. Pero pocas veces hablamos con la misma profundidad de la cultura que hará posible que esas iniciativas prosperen. Ninguna tecnología transforma por sí sola una organización, son las personas quienes le otorgan sentido y propósito, construyen nuevas prácticas y convierten una estrategia en resultados.

Quizá por eso la pregunta más importante que hoy debería hacerse cualquier directorio no sea cuánto crecerá el mercado durante los próximos años. La verdadera pregunta es si la cultura de su organización está evolucionando con la misma velocidad con la que evoluciona el entorno.

El futuro empresarial de Bolivia dependerá, por supuesto, de mejores condiciones económicas e institucionales, pero dependerá también de algo que cada em presa puede comenzar a construir desde hoy: líderes capaces de transformar culturas antes que administrar estructuras.

Al final de la ruta, las organizaciones que marcarán la diferencia no serán necesariamente las más grandes, ni las más antiguas, ni siquiera las más tecnológicas. Serán aquellas que comprendan que la ventaja competitiva más difícil de imitar no está en un producto, en un proceso o en una estrategia, se halla en una cultura que aprende, evoluciona y encuentra, una y otra vez, nuevas formas de crear valía. Las culturas organizacionales también envejecen, el liderazgo cultural consiste en renovarlas antes de que el mercado las vuelva obsoletas, y esa cultura siempre comienza con un liderazgo capaz de inspirarla.

El futuro empresarial de Bolivia no empezará cuando cambie la economía. Empezará cuando cambie la manera en que decidimos liderarla.

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