Apenas 73 segundos demoró el transbordador espacial Challenger en explotar en pedazos, ante la mirada horrorizada de quienes siguieron la transmisión en vivo, aquel 28 de enero de 1986. La experiencia fue calificada como “un accidente”, una tragedia en la que murieron siete personas. Sin embargo, estudios posteriores demostraron que fue un desastre, que pudo haberse evitado. Lo cierto es que muchos expertos y técnicos de la NASA tenían temores fundados de que algo podía salir mal, pero todos prefirieron cerrar la boca y esperar que fuera otro quien advirtiera el peligro.
En el mundo laboral —salvando las enormes diferencias con una tragedia de este calibre—, ocurre con frecuencia que los empleados eligen callar antes de dar una mala noticia a su jefe. El silencio implica un confort que no siempre es fácil de quebrar. Y así sucede que muchos eligen trabajar en un ambiente de alta presión con tal de mantener ese frágil y nocivo statu quo. Callarse, claramente, no es salud.
Para entender de qué estamos hablando, vale la pena volver al ejemplo del Challenger. El Premio Nobel de Física de 1965, Richard Phillips Feynman, investigó en profundidad el tema y descubrió lo que algunos sabían con anterioridad: la presión política y la publicidad con la que se desarrolló todo el proceso hizo que ninguno de ellos se animara a comunicar la verdad tan temida: la nave jamás debió haber despegado. Aquellos miembros de la NASA que presumían lo que podía ocurrir simplemente miraron para otro lado, sólo para cumplir con el cronograma de misiones espaciales o complacer a sus superiores. No dijeron ni una palabra, esperando que fuera algún compañero quien alzara la voz.
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