Sin embargo, este concepto aflora cuando aquel que consideramos nuestro enemigo fracasa. Aquí vemos sufracaso como una confirmación de que nuestro punto de vista es el correcto. Su fracaso es mi éxito. No hace falta mayor precisión: si se equivocó nuestro enemigo interpretamos literalmente que nuestro punto de vista es el correcto. Habitualmente aplicamos este principio a casi todas las cosas de la vida. Si tal compró algo que yo no compré y le resultó una mala inversión, su fracaso es mi éxito por no haberlo comprado. Si aquel fue a un lugar de vacaciones que no le gustó, mi inteligencia fue no haber elegido ese mismo lugar para vacacionar.
Este razonamiento puede ser muy peligroso. Convencernos de que las acciones o ideas erradas de otro validan nuestra posición es un grave error.
Si Netflix mañana fracasa, eso no significa que los videoclubes van a resucitar o que Blockbuster volverá a ser un éxito. El fracaso de la idea que compite conmigo – o el hecho que no haya tenido éxito aún – no significa que mi posición sea la correcta.
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