Cuenta la historia que un ciervo tuerto descansaba tranquilo a orillas del mar. Con su ojo sano miraba hacia la tierra para cuidarse de la llegada de cazadores y no miraba hacia el mar, pues de allí no esperaba ninguna sorpresa.
Pero resulta que unos cazadores que navegaban por la zona, ven al ciervo dándoles la espalda y lo cazan con sus flechas. El ciervo agonizando se dijo: – “¡Tonto de mí! Vigilaba la tierra, que sabía llena de amenazas, y el mar, al que creía seguro, resultó mucho más peligroso”.
Esta fábula – de las tantas que escribió Esopo – marca desde hace siglos que dar por verdades datos que son supuestos y subestimar las opciones, por poco probables que sean, puede ser un gran error. Que algo siempre haya sido de una manera, no implica que no pueda cambiar. Que los enemigos siempre vengan de la tierra (de los espacios conocidos) no significa que el peligro no nos pueda llegar de lugares que consideramos seguros. Hoy mucho de esto es evidente a la luz de los embates de “las tecnológicas” en mercados antes impensados. La banca esperaba enemigos de la banca, los seguros de los seguros y los supermercados de otros supermercados. Todos miraban la tierra, de allí vendrían los cazadores, pero comenzaron a llegar del mar…
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