Autora: Ivone Juárez – REVISTA Y/O
La fábrica de colchones nació con un gran desafío por delante: producir esponja en las alturas de La Paz. Enrique Nelkenbaum cuenta cómo en 50 años consolidó una de las industrias símbolo de Bolivia en nombre de su padre, Bernardo.
Corre la década de los 70 en La Paz, una urbe que no sobrepasa los 300 mil habitantes y que se desenvuelve en medio de una «ciudad encantadora, industrial y llena de oportunidades». Así recuerda a la sede de Gobierno de Bolivia Enrique Nelkenbaum, quien en ese entonces acababa de regresar de Estados Unidos, adonde había partido siendo un adolescente para seguir la carrera de ingeniería.
Su retorno a La Paz tomó por sorpresa a amigos y familiares, quienes no entendían por qué volvía de Norteamérica teniendo una profesión que le podía abrir muchas puertas en el extranjero. «Pero a mí me fue mejor que a otros amigos que se quedaron en Estados Unidos», dice hoy Enrique, 50 años después, al contemplar la edad que cumple su emprendimiento más emblemático: Colchones Korigoma.
Enrique regresó con un título bajo el brazo y la mente rebosante de ideas. Su principal motivación era trabajar e invertir en la ciudad que su padre, Bernardo Nelkenbaum, amaba profundamente y por la que sentía un eterno agradecimiento.
»La Paz les devolvió a mis padres la dignidad y les dio también la oportunidad de tener una vida y una familia», dice visiblemente conmovido.
Sus padres, Bernardo y Ana, eran sobrevivientes del Holocausto nazi durante la Segunda Guerra Mundial (1938-1946). Llegaron a La Paz alrededor de 1948 en busca de un nuevo comienzo. «Formaron su hogar en esta ciudad, donde nacimos mis hermanos y yo», evoca Roberto.
Colchones de paja, trapo… y esponja
El joven ingeniero traía conceptos innovadores para el mercado paceño de aquella época que, aunque pequeño, ofrecía un horizonte lleno de posibilidades. Fue así que, junto a su hermano Roberto y su cuñado Jorge, decidió apostar por los colchones de esponja, un producto popular en muchos países, pero que en La Paz era todavía casi desconocido.
»Al inicio la idea no le gustó para nada a mi madre, pero yo le explicaba que hacer colchones era hacer industria, tal como hacer telas, zapatos o ropa», cuenta Enrique.
Uno de los argumentos de Ana —dueña de La Económica, una tienda de moda importada para damas ubicada en la calle Potosí— era que, en ese entonces, los colchones en los que dormían los paceños estaban rellenos de trapos forrados con cotín, una tela gruesa que producía la icónica fábrica Said.
»La gente también dormía en payasas, unos colchones hechos de paja», añade Enrique. «Nosotros decidimos romper el esquema y hacer colchones con esponja», prosigue.
Para los Nelkenbaum, el potencial era evidente: «En esa época vimos que traer colchones a Bolivia desde cualquier país era un problema logístico por el transporte. También sabíamos que todos nos pasamos un tercio de la vida en un colchón. Yo veía una inmensa posibilidad de salir adelante como industria», asegura Enrique.
Y el tiempo le dio la razón. Los colchones Korigoma tienen hoy un sitio ganado en la industria nacional, pero, sobre todo, en la mente y el corazón de los habitantes de La Paz.
Desafiar la física a 3.600 metros de altura
El arranque de la fábrica fue un verdadero desafío técnico: debido a la altitud y la presión atmosférica de La Paz, resultaba imposible formular de manera óptima la materia prima de los colchones de los Nelkenbaum: la esponja.
»Viajamos a Chulumani para hacer la espuma porque en La Paz nos afectaba la altura. Intentamos producirla en Lípari, pero la mejor calidad la logramos finalmente en Cochabamba», recuerda Enrique.
«Hoy, gracias a los avances tecnológicos, se logra hacer espuma a 4.000 metros de altura con una calidad idéntica a la del nivel del mar», afirma.
En sus inicios, Korigoma no podía adquirir la tecnología de punta que se empleaba en el extranjero debido a sus altos costos y a la enorme capacidad de unos equipos que sobrepasaba con creces la demanda de una ciudad que, aunque era la más poblada del país, seguía siendo un mercado pequeño.
Por eso los Nelkenbaum recorrieron prácticamente el país buscando las mejores condiciones para producir su esponja. Eso fue hasta finales de los 70, cuando Enrique logró reunir los recursos económicos suficientes para invertir en la tecnología que hizo despegar a Korigoma hasta hacerla llegar a los 50 años que celebra este 2026.
«Trajimos técnicos del extranjero e invertimos mucho para aprender. Viajé a Alemania y traje un técnico. Fui a Argentina y contraté a otro que hablaba español. Trabajamos duro y no nos rendimos. Hoy las fórmulas están estandarizadas y cualquiera puede seguirlas, pero la industria actual no se parece en nada a cuando empezamos», reflexiona.
En la actualidad, la planta de Korigoma cuenta con maquinaria moderna, automatizada y de primera línea, cumpliendo el estándar que Enrique siempre persiguió.
«El que no avanza con la tecnología no deja semilla y no va lejos. Nada es eterno, hay que renovarse», afirma con la lucidez del empresario visionario.
Colchones sobre la vagoneta
Una vez resuelta la fabricación, el siguiente gran reto fue la comercialización de los colchones de espuma. Enrique relata que la primera estrategia consistió en abrir puntos de venta estratégicos por toda la ciudad de La Paz «incluso en San Miguel», una zona que para la época se consideraba muy alejada del centro paceño y a la que pocos llegaban.
»Abrimos tiendas en la Ilampu, en la calle México y en San Miguel, donde tuvimos que cerrar porque no iba nadie», recuerda.
Para expandir las ventas, decidieron romper las fronteras locales y se lanzaron a las carreteras y caminos de tierra de entonces para incursionar en los mercados de Oruro y Cochabamba.
«Llevábamos los colchones a vender a Oruro amarrados sobre el techo de una vagoneta. En Cochabamba contratamos a una representante. Así, de manera muy personal, fuimos abriendo mercado», relata.
Otra veta comercial que exploraron —y que les trajo enormes satisfacciones a largo plazo— fue la venta institucional. En ese paso, Ana, su madre desempeñó un rol crucial al abrirles las puertas de la prestigiosa cartera de clientes que había cosechado durante años en su tienda de ropa importada La Económica.
»Nos convertimos en proveedores de colchones de esponja para grandes instituciones, como hospitales, la Policía, Fuerzas Armadas e incluso la Corporación Minera de Bolivia (Comibol)», afirma Enrique.
La calidad que los Nelkenbaum le imprimían a sus colchones hizo que la marca Korigoma se fuera consolidando a través de los años hasta convertirse en un símbolo de la industria paceña y boliviana.
Del galpón al parque industrial
A mediados de los años 80, Korigoma ya era una marca consolidada pero insaciable en su proceso de modernización, impulsada por la determinación de Enrique. «Cada centavo que ganábamos lo reinvertía en actualizar la empresa», asegura.
Así llegó el día en que la fábrica abandonó el modesto techado de la Garita de Lima para trasladarse a un predio industrial amplio ubicado en El Alto, que en aquel entonces todavía formaba parte del municipio de La Paz. Allí comenzó la verdadera etapa de expansión de una industria que había nacido con apenas 10 trabajadores, a quienes se capacitó desde el primer día en un oficio técnico totalmente nuevo para ellos.
»Comenzamos Korigoma con 10 obreros de habla aymara, a los que capacitamos desde el primer momento y les brindamos condiciones laborales dignas. Luego el equipo subió a 40 empleados. Hoy contamos con más de 500 personas en la fábrica, y varios de ellos llevan hasta 40 años trabajando a nuestro lado», destaca Enrique.
»Siempre partimos de enseñar a nuestros trabajadores que el trabajo es un salto para una mejor vida, pero no para toda la vida. A través del trabajo se puede estudiar, crear. Me siento orgulloso de que muchos de los empleados de Korigoma surgieron también como empresarios, como profesionales. Es una gran satisfacción», expresa.
Enrique Nelkenbaum mirá hacia atrás y los 50 años de Korigoma pasan por su mente en forma de recuerdos de los momentos que la han hecho una industria fuerte.
«Pasamos por todo: la hiperinflación de los años 80, la crisis económica, la crisis fabril, la crisis financiera, la pandemia. Pero estamos cada día más consolidados, con la voluntad de seguir adelante. Me he preocupado por construir una base sólida para continuar con el objetivo de llegar a los 75 años aportando al desarrollo del país», afirma.
No abandona ese objetivo de aportar a Bolivia, como su padre Bernardo siempre quiso, en nombre del agradecimiento al país que le salvó la vida, le devolvió la dignidad humana y le regaló la esperanza de un futuro.
Bernardo Nelkenbaum no pudo ver el nacimiento de los colchones Korigoma en La Paz que tanto quería, pero Enrique, su hijo, puso cada ladrillo de la industria en su nombre.













