El país que queremos no se construye administrando escasez

Experto invitado: Gustavo Jáuregui Gonzáles – Viceministro de Políticas de Industrialización

Durante demasiado tiempo, Bolivia se acostumbró a la administración de la escasez. A administrar recursos limitados. A apagar incendios. A resol ver urgencias. A sostener lo que ya existe. A preguntarnos cómo hacer para que las cosas sigan funcionando un poco más.

Pero hay un momento en la vida de un país en el que administrar lo que falta deja de ser suficiente. Ese momento ha llegado y Bolivia necesita cambiar la pregunta.

No preguntarnos solamente ¿cómo distribuimos lo poco que tenemos?, sino ¿cómo hacemos para producir más, crear valor, generar oportunidades y construir prosperidad?

Parece únicamente una diferencia semántica; sin embargo, no lo es. Es, en realidad, un cambio de mentalidad: “De administrar a transformar”.

El desafío de Bolivia no consiste únicamente en recuperar lo que alguna vez tuvimos. Consiste en construir aquello que todavía no tenemos.

Y para eso necesitamos pasar de una economía acostumbrada a administrar recursos a una economía capaz de “crear valor”. Crear valor es producir más y mejor, es transformar nuestras materias primas, incorporar tecnología, desarrollar conocimiento, construir marcas, conquistar mercados y formar cadenas productivas capaces de competir en el mundo.

Pero también significa entender algo funda mental: “la verdadera riqueza de una nación no está únicamente en lo que tiene, está en lo que es capaz de hacer con lo que tiene”.

Nuestros recursos naturales son importan tes, pero también lo son nuestros empresarios, nuestros emprendedores, nuestros trabajadores, nuestras universidades, nuestros jóvenes y nuestra capacidad de innovar. Por eso, hablar de industrialización no debería reducirse a hablar de fábricas. Industrializar es construir capacidades para producir, para innovar, para competir, para invertir, para exportar y, sobre todo, capacidad para generar oportunidades.

Durante décadas, Bolivia ha discutido el desarrollo desde una falsa disyuntiva: “Estado versus empresa privada”. Es hora de superar esa discusión, el Estado tiene una responsabilidad funda mental, pero esa responsabilidad no consiste en hacerlo todo.

Un Estado moderno debe establecer reglas claras, garantizar institucionalidad, generar seguridad jurídica, facilitar la inversión, promover infraestructura, impulsar la innovación y articular a quienes pueden producir.

Pero no puede sustituir permanentemente a quienes tienen que invertir, asumir riesgos, innovar y competir. Las empresas deben invertir, los trabajadores deben producir y elevar permanentemente sus capacidades, la academia debe generar conocimiento y talento, las comunidades deben integrarse a las cadenas productivas, y el Estado debe lograr esa “articulación” para que todos ellos puedan encontrarse en un mismo proyecto de desarrollo.

No se trata de escoger entre Estado o merca do, se trata de construir un Estado que funcione y un sector privado que pueda producir, invertir y crecer. Esa articulación no es una concesión ideo lógica, es una necesidad económica.

Producir más ya no es suficiente, también debemos cambiar la manera en que medimos nuestro progreso. Durante mucho tiempo hemos celebrado cuánto producimos, cuánto exportamos o cuánto crecemos, pero la pregunta que debería ocuparnos cada vez más es otra: ¿Qué tan productivos somos?

Porque producir más no necesariamente significa producir mejor. Podemos aumentar el volumen de producción y seguir siendo poco competitivos. Podemos exportar más y continuar capturando una pequeña parte del valor. Podemos tener abundantes recursos naturales y, al mismo tiempo, insuficientes empleos de calidad.

La verdadera transformación comienza cuando somos capaces de producir con mayor productividad, calidad, innovación y valor agrega do, a eso se llama “competitividad”.

Por eso, Bolivia no debería conformarse simplemente con exportar más. Bolivia necesita ex portar mejor. Exportar productos con mayor valor agregado. Exportar servicios. Exportar conocimiento. Exportar creatividad. Exportar calidad. Ex portar productos sostenibles y trazables.

Necesitamos que la expresión “Hecho en Bolivia” deje de ser únicamente una identificación de origen y se convierta en una señal de calidad, innovación y competitividad.

El mundo no va a esperarnos, puesto que mientras nosotros discutimos cómo resolver nuestras dificultades internas, el mundo sigue avanzando.

Las cadenas globales de valor están cambiando. La tecnología está transformando industrias enteras. La inteligencia artificial está modificando la forma de producir. Y la sostenibilidad está dejando de ser solamente una preocupación ambiental para convertirse también en una condición para competir y acceder a mercados.

Economía circular, trazabilidad, eficiencia energética, innovación y descarbonización ya no son conceptos reservados para especialistas. Son parte de las nuevas reglas de la economía mundial. “Bolivia no puede mirar estos cambios desde afuera, tiene que ser parte de ellos”.

Quizás el cambio más importante sea cultural. Una sociedad que piensa permanentemente desde la escasez termina preguntándose qué puede distribuir. En cambio, una sociedad que piensa desde la oportunidad comienza a preguntarse ¿qué puede crear?

Necesitamos recuperar el valor de palabras que durante mucho tiempo estuvieron ausentes, o fueron injustamente relegadas, del debate público: inversión, productividad, mérito, innovación, emprendimiento, competitividad, esfuerzo y generación de riqueza.

No porque el Estado deba abandonar su responsabilidad social, todo lo contrario, porque una economía que genera más riqueza, más empresas y mayor productividad tiene también mayores posibilidades de crear empleo digno, financiar políticas públicas y mejorar las condiciones de vida de su población.

Debemos estar claros en que la prosperidad no se la decreta, se la construye. Se construye en una empresa que decide invertir, en un joven que decide emprender, en un trabajador que busca capacitarse, en una universidad que innova, en una comunidad que se incorpora a una cadena productiva y también en un Estado que decide facilitar en lugar de obstaculizar.

La Bolivia productiva que queremos no se construirá solamente con una nueva ley, un nuevo programa o una nueva institución, se construirá cuando cambiemos nuestra relación con el trabajo, con la empresa, con la inversión, con la innovación y con el mundo.

Cuando entendamos que el Estado no debe sustituir a quien produce, sino generar las condiciones para que produzca más y mejor. Cuando comprendamos que el empresario no es un adversario del desarrollo, sino uno de sus protagonistas. Cuando el trabajador sea reconocido no solamente por su esfuerzo, sino también por el valor que genera. Cuando nuestros jóvenes puedan imaginar su futuro creando oportunidades fuera de ella. Y cuando entendamos que el verdadero progreso de una nación no consiste en administrar mejor la escasez, sino en crear las condiciones para que la prosperidad sea posible.

Bolivia no está condenada a administrar lo poco que tiene, está llamada a construir mucho más, porque el país que queremos no se construye administrando escasez, se lo construye crean do oportunidades.

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