Jekyll & Hyde campan a sus anchas y entre nosotros

Cuando Robert Louis Stevenson escribió «El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde» no sé si imaginaba que algún día todos nosotros podíamos hallarnos en la piel del abogado Utterson pasmados ante la facilidad con que un buen padre de familia se transforma en bestia tan solo cruzando el umbral de un despacho.

Hoy sería muy fácil identificar en la cumbre de muchas grandes empresas, Estados o Administraciones Públicas a personas que podríamos identificar como sociopatas pero, además, si seguimos insistiendo en que una persona puede ser uno u otro, ético o villano, en función de dónde está y de las presiones a que se ve sometido ¿tendremos que hablar también de bipolaridad?

Puede que nuestros malvados, al igual que ocurre con otra figura alegórica como es el Licántropo – que se nutre de la vida de sus semejantes para alimentar su maldición – sean también víctimas y sufran por el dolor que causan. Intento imaginar algunas veces cómo se siente un empleado de banca que colocó unas preferentes, un swap o un seguro a prima única a quien no debe por cumplir un objetivo comercial que le permitirá conservar su empleo y alimentar a su familia pero no consigo empatizar con él. No puedo.

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