Finanzas sin huella: ¿es posible invertir sin ahogar al planeta?

La huella de carbono es un elemento cada vez más relevante en el proceso de toma de decisiones en el ámbito financiero. Cada decisión, movimiento e inversión financiera lleva implícito un determinado impacto medioambiental, más o menos positivo.

Todo lo que hacemos, como leer este texto desde el móvil o la tablet, deja una huella. Las hay más evidentes como la que genera un viaje en coche, en barco o en avión, y las hay menos tangibles pero igualmente cuantificables, como la derivada de una búsqueda en Google, un ‘like’ en Instagram o una descarga desde esa ‘nube’ invisible que se extiende sobre nosotros y que, lejos de ser inofensiva, también suma su nada desdeñable huella de dióxido de carbono (CO2).

Que sea más liviana o menor, depende de nosotros mismos. De la importancia que, como sociedad, le demos al impacto medioambiental que una persona, producto u organización genera en sus acciones diarias según parámetros como las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero (GEI) liberados a la atmósfera. Un alcance (scope, en inglés) con el que cada vez más empresas miden su actividad en función del impacto generado por sus emisiones

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