Autor: Gonzalo Chávez – Economista
La Selección Boliviana no clasificó al Mundial. Como corresponde a mi honesta ignorancia futbolística, me abstendré de explicar esquemas tácticos, presión de la delantera o misterios del mediocampo. Pero sí puedo detenerme en algo más interesante de mi área de trabajo: ese fenómeno colectivo, casi eléctrico, que durante semanas recorrió Bolivia como una corriente invisible. Una esperanza densa, casi tangible, que se podía cortar con cuchillo y que, por un breve instante, nos hizo sentir parte de un mismo relato.
En esos días, el país operó como una comunidad cohesionada. Familias, empresas, personas de diferentes clases sociales, oficinas públicas, mercados, plazas y redes sociales se sincronizaron alrededor de un mismo evento. No era solo fútbol; era una coreografía social espontánea. Esa sensación, efímera pero poderosa, tiene un nombre en las ciencias sociales: capital social.
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