En el año 2017 comenzaba a surgir en el país -y en toda la región- la palabra fintech: una conjunción abreviada en inglés de los términos «finanzas» y «tecnología». Hoy lo sabemos muy bien: se refiere a aquellas compañías (fintech) que mejoran o automatizan servicios y procesos financieros a usuarios u otras empresas a través de la tecnología.
Con los años, el crecimiento del sector logró desmitificar por completo esa idea de que solo se trataba de una tendencia. El mundo de las finanzas digitales sigue avanzando, incluso, a pesar de la crisis mundial y regional, que este año trajo como consecuencia el desfinanciamiento de la industria y la falta de liquidez. Superados estos obstáculos, el sector fintech se sigue consolidando en América latina para crecer y aumentar su impacto, y se posiciona como una industria más madura y afianzada.
Su llegada, sin duda, provocó una transformación positiva en el universo financiero. Incluso generó que la banca tradicional se viera obligada a digitalizar procesos y a optimizar servicios, requisitos fundamentales para satisfacer la experiencia de un usuario cada vez más exigente e inmediato. Por supuesto, la pandemia también tuvo un profundo impacto en este proceso de impulsar definitivamente la adopción y consolidación de nuevas tecnologías.
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