Me di a la tarea de escuchar canciones del reguetonero y trapero puertorriqueño, Bad Bunny. No soy quién para criticar música alguna: escucho con oídos de bronce, pero bailo con pies de gelatina (lo que suene). Aunque un melómano muy cercano me alertó de que el último es un discazo, debo coincidir con Juan Manuel de Prada, si no en el tono, en la idea, en que el cantante, como tantos otros, es un subproducto ínfimo del mercado que envilece la lengua española y la cultura hispánica y cuyas canciones homínidas no hacen sino exaltar el hedonismo bajuno rebozadas de una misoginia que alcanza cúspides (o sótanos) de abyección.
No obstante, estos días las letras machistas de este autor han pasado inadvertidas, incluso para el colectivo feminista (el de los códigos volátiles y selectivos; que se volcó a las redes a alabar al cantante). Y es que Benito Martínez pasó en trece minutos de ser solo un artista famoso a un líder político de envergadura mundial. En el medio tiempo del Super Bowl lanzó un espectáculo de gran connotación ideológica en la tarima más vista de Estados Unidos. Repleto de simbolismos con potentes efectos estéticos, el show emocionó a los latinos locales y del resto del mundo.
Aquello me movió el cuerpo y el corazón, pero no la mente. Me pareció que la mira del rifle estaba extraviada y la trinchera mal situada (el Super Bowl es la final de la liga de fútbol americano, en la que juegan equipos estadounidenses y la audiencia disfruta mientras come pollo frito y pie de manzana).
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