Los últimos dos años han sido el mejor ejemplo posible de las transformaciones exponenciales que estamos atravesando. El COVID-19 marcó un antes y un después en todas las actividades que desarrollamos y el trabajo no fue la excepción.
El escenario de la pandemia fue una especie de “laboratorio psicológico universal” y algunos estudios indican que el dolor del duelo fue la emoción que nos hermanó en 2020 a los casi 7.800 millones de habitantes de la Tierra. Duelo por la tristísima e irreparable pérdida de casi 5 millones personas que se fueron repentinamente sin que sus seres queridos pudieran despedirlos apropiadamente. Pero con la pandemia perdimos muchas cosas: dinero, celebraciones, clases presenciales, viajes, experiencias. En el ámbito laboral, se perdió uno de cada seis puestos que existían en América Latina y el Caribe; 26 millones de puestos en total, según un reporte reciente de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
En 2021, en cambio, a los habitantes del planeta nos hermana la emoción de la languidez.Un sentimiento que está a mitad de camino entre el florecimiento y la depresión, esa sensación de paso del tiempo sin interés, de falta de energía, de transcurrir sin rumbo claro, de estancamiento y vacío. Como describió Adam Grant en el New York Times, estamos “mirando la vida a través de un parabrisas empañado”.
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